El fuego de Izanami​ ©

Japón al atardecer

La desesperación parecía casi alcanzarla. Sabía que, si la atrapaba con el niño la mataría, sin ningún tipo de contemplación, ni aunque fuera su hija e intentara salvar la vida de su propio hermano. Su padre había pronunciado ya su sentencia sobre el recién nacido y había decidido, en su furia, despedazar al infante. Y todo por haber matado a su amada esposa en el parto, como si el niño de fuego hubiera tenido la intención malsana de matar a su madre mientras salía de su cuerpo. “¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al que que asesinó a su madre!”, gritaba Izanagi levantando hasta los cielos su mentira. Fue entonces que ella decidió salvar la vida del niño-fuego. Por eso corría aun cuando la desesperación parecía casi alcanzarla.

Shinatobe, el kami del viento, corría por entre los árboles de la divina isla de Onogoro tratando de ocultar a Kagutsushi. A cada lado, los koma-inu corrían con ella para protegerla. Del tamaño de un caballo, lo gigantescos perros mostraban sus dientes y gruñían mientras corrían para intimidar a todo el que pretendiera acercarse. Todos los koma-inu del Ohoyashima juraron en secreto a Izanami proteger del silencio y de la muerte el fuego de sus entrañas, condena que los dioses del Takamagahara habían decretado sobre ella. El kami del bosque le susurró al viento desde las hojas que se detuviera: ya se había internado en lo más profundo y no podría ocultar al niño allí por mucho tiempo. La bella kami del viento, sostuvo al recién nacido con una mano mientras con la otra realizaba un mamori, un conjuro, hacia los cuatro puntos cardinales. “Fuji, kami del volcán; Raijin, kami del trueno, ayúdenme a ocultar a nuestro hermano de la espada de nuestro padre”. Tembló la tierra y el cielo retumbó por primera vez  con la voz del trueno. Allí, ocultos entre los árboles y custodiados por los koma-inu, se reunieron el bosque, el volcán y el trueno convocados por el viento. “Es necesario sacar al niño de la tierra”, dijo Shinatobe. “Yo me lo llevaré, alimentaré y lo haré dormir oculto en mis entrañas”, propuso Fuji. “Yo le buscaré una vía segura y un nuevo hogar en el cielo”, aseguró Raijin. El viento puso en las manos del volcán al niño-fuego y este lo ocultó con su ropaje. Uno de los koma-inu se fue con ellos mientras al otro se le asignó la tarea de vigilar a Izanagi.

La bella kami del viento se paseaba por la divina isla esperando por las noticias del koma-inu. Estas no tardaron en llegar: Izanagi estaba iracundo, no encontraba al fuego que había parido su mujer. Ahora que Izanami se encontraba en las tierras lúgubres del Yomi, Izanagi comenzó la más fiera y terrible cacería. El augusto hombre abandonó el palacio de Yahirodono con un ejército de kamis y demonios fieles a él. Muchos otros kamis fueron despedazados a causa de su ira. La espada estaba hambrienta de muerte y de castigo. Los kamis más antiguos no aprobaban la muerte de sus hermanos y hermanas. Amaterasu, la kami del sol, se cubría el rostro con los infinitos cabellos negros mientras se repetía una y otra vez que esa masacre sin sentido tenía que acabar. Entonces, Shinatobe se desplazó por las planicies, por encima de los ríos y los lagos hasta llegar a las faldas del volcán. “Kami del volcán, ha llegado la hora de mover al niño de fuego; kami del trueno, danos un camino seguro para ocultar al niño en el cielo”. Con sus manos levantadas, la bella kami del viento invocaba a sus hermanos mientras todo a su alrededor se agitaba con el efecto de su presencia. Desde las entrañas, un gran rugido conmovió la tierra: del volcan salió humo negro y cenizas. Fuji corrió ladera abajo con Kagutsushi en brazos. Raijin se les unió. Inesperadamente, el koma-inu destinado a vigilar a Izanagi apareció a lo lejos, corriendo hacia ellos. Rápidamente, la kami del viento voló a su encuentro y este le indicó que Izanagi venía de camino; que sospechaba que ellos habían ocultado al niño. Shinatobe regresó a sus hermanos y les comunicó la noticia. Raijin tomó al niño y se elevó hasta el cielo: sabía dónde le ocultaría. El volcán le dijo al viento: “Nuestro hermano necesita tiempo”. El viento movió sus brazos danzando entre conjuros. El humo y las cenizas del volcán cubrieron la tierra provocando tal oscuridad que Izanagi perdió el rastro. Pero ella sabía que esa distracción no duraría mucho. “Koma-inu, avisa a tus iguales. Necesitamos una línea de resistencia entre mi padre y el cielo. Tenemos que darle tiempo al trueno para que oculte al niño-fuego”. El gran perro asintió con la cabeza y corrió.

La oscuridad que había sobre la tierra no le permitía a Izanagi avanzar. Así que, tomó la Amenonuhoko, la lanza de los cielos, y comenzó a moverla en círculos sobre su cabeza. Un torbellino de proporciones monumentales hizo su aparición y comenzó a moverse sobre la tierra sagrada de Onogoro limpiando los aires del humo y la ceniza. A estas alturas, Izanagi tenía claro que sus hijos Fuji y Shinatobe protegían a Kagutsushi. Y conociendo a Shinatobe, sabía lo que haría: sacar al niño fuera de sus dominios. Entonces, dirigió su ejército al Amenoukihashi donde esperaba encontrar a sus hijos o a sus alidos. Una vez allí, vio a miles de koma-inu resguardando la entrada del puente flotante que une la tierra con el cielo. Miró los ojos de aquellas bestias que gruñían amenazantes y vio en ellos la misma llama que había descubierto en los ojos de su esposa. En ese momento tuvo la certeza que los koma-inu morirían por el fuego de Izanami. 

Al grito de “ataquen”, ambas fuerzas corrieron al encuentro, chocando como dos gigantes en una batalla apocalíptica. Muchos kamis y demonios habían sucumbido al feroz ataque de las bestias, y cientos de bestias habían muerto despedazadas o atravesadas por la espada de Izanagi. En el momento más crudo de la batalla, el augusto hombre logró se percató de que alguien bajaba por el puente: era su hijo Raijin.

-¡Raijin! ¡Hijo traidor! ¿Te has aliado con Shinatobe y Fuji para salvar al matricida? ¿Te has unido a ellos para contradecir mi decreto? ¡Cómo te atreves a atentar contra tu padre!

-Mi señor padre, jamás atentaría contra usted ni contra mi madre.

-¿Dónde está Kagutsushi? Contesta o derramaré mi ira sobre ti.

-Yo no lo tengo, padre.

En ese momento, otro figura descendía por el puente. La divina Amaterasu caminaba con sus resplandecientes pies descalzos por el puente. Ella, quien antes era solo luz, se había transformado en una gran llama.  Sus largos y negros cabellos, ahora eran extensas flamas que amenazaban con consumirlo todo.

-¿Qué has hecho, Amaterasu?

-Terminar con esta matanza, padre.

-¿Cómo has podido?

-Él también es mi hermano, hijo de mi madre.

-Entrégame al niño-fuego, Amaterasu, o sufrirás por tu traición.

-Aplaca tu ira, padre. Yo he devorado a Kagutsushi. Tu venganza ya es innecesaria.

Con el ceño fruncido, Izanagi observó detenidamente a su hija. Sabía que decía la verdad porque las llamas que salían de ella le pertenecían a Kagutsushi. El niño fue devorado; ya no había nada más que buscar. Izanagi llamó a sus tropas y les dio la orden de retirada. La divina Amaterasu comenzó su ascenso al cielo seguida de Raijin. Sus cabellos de fuego se extendían hasta la inmensidad, iluminando más allá de las tierras del Ohoyashima. Izanagi regresó en silencio a Yahirodono. Se había dado cuenta de que ni los encumbrados dioses ni él lograrían jamás apagar el fuego de Izanami.

Por si no lo he dicho antes

Pareja.pexels.photo

Creo que lo he dicho otras veces,
no lo sé.
Creo que he dicho las mismas palabras
antes de rayar el alba.
Creo que he dicho lo mismo
vestido con otro ropaje.
Sin embargo, aunque las haya dicho o no,
siento que debo hacerlo.

Siento que debo decirte

que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas.
Que tu sonrisa es el puerto seguro
donde mueren todas mis angustias.
Que tu aroma es la suma de todos mis deseos
y tu cuerpo es el sol
donde extinguen todos mis inviernos.
Parece una locura repetir
lo que se ha dicho tantas veces 
con hechos y gestos.
No obstante, 
sé que las palabras tienen una magia especial;
que también son importantes. 
Las palabras marcan la memoria;
provocan heridas o sanan. 
Las palabras tienen un poder que va más allá del tiempo.
Por eso,
cuando estemos viejos,
quiero que recuerdes esto:
que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas;
que tu sonrisa es mi puerto;
que tu aroma es la suma de todo aquello que deseo
y que en tu cuerpo siempre termina el invierno. 

Cuándo voy a decir ©

Noche.estrellada.pexels


¿Cuándo voy a decir

las palabras que me faltan por decir?

¿Cuándo voy a terminar

con esta incertidumbre que nos arropa la existencia?

Esta existencia tan insípida y descolorida

que solo nos recuerdan las carnes putrefactas

de todos los cadáveres besados

por los fríos labios de la Muerte.


Cuándo voy a decir

esas palabras que me faltan.

¿Acaso será el día en que la luz de tus ojos se apague?

¿Cuando el tiempo haya derramado sobre el olvido

el último segundo que le quedaba?


Si eso pasara,

si llegara ese fatídico día,

gritaría al cielo tu nombre.

Lloraría hasta que los ojos se desgajaran

y un aluvión brotara de ellos

dejando las cuencas vacías,

ciegas,

sin la más mínima oportunidad de ver

los colores del alba.


Las fuerzas me faltan,

pero el espanto que provoca en mí

la posibilidad de ese esperpéntico día

me llevan a mirar tus ojos de medianoche.

Medianoche colmada de estrellas,

clara, cálida, prístina.


Murmuro mi secreto

y sé que me escuchas

porque las estrellas en tus ojos tiritan.

Tomo tu mano.

Siento tu suave apretón

como el roce de una hoja sobre la yerba.

Entonces, el dolor, el miedo y la desesperanza

se esfuman callados,

imperceptibles,

dejando que entre a mi cuerpo

el calor de tu sonrisa,

siempre viva,

siempre eterna.

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*La foto pertenece a http://www.Pexels.com

**El poema, como todos los demás artículos, tiene derechos de autor. ©

Abstracción sobre una consciencia transmigrada o no me llames Dolores, llámame Lola

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Me lo ha repetido un sin número de veces: Lola está muerta. Sí, mi hermana me ha dicho de diferentes maneras, y solo por perturbarme, que mi querida Lola está muerta. Pero no se angustien por mí ni se preocupen. Ese enunciado, por terrible que parezca, no corresponde al deceso que algún ser querido. Lola no es otra cosa que la voz de mi GPS. Permítanme explicarles.

Primero, como uno no debe inferir que todas las personas conocen los mismos término, déjenme establecer una base común para todos y todas. El GPS (Global Positioning System por sus siglas en inglés) no es otra cosa que el Sistema de Posicionamiento Global el cual permite determinar en toda la Tierra la posición de un objeto (una persona, un vehículo) con una precisión de hasta centímetros (si se utiliza GPS diferencial), aunque lo habitual son unos pocos metros de precisión*. Venden diferentes equipos de navegación en el mercado; algunos ya vienen incluidos en los autos; y otros vienen como parte del sistema operativo de los celulares. Este último es mi caso.

Solo hace un par de años logré adquirir mi primer smartphone o teléfono inteligente. Me sentía tan adulta, tan sofisticada. Me leí todas las instrucciones (sí, las leí) y jugué con todas sus funciones. Como parte de ese maravilloso juego estaba utilizar el navegador y lo hice. No recuerdo el primer lugar que visité con la ayuda del GPS, lo que sí recuerdo era la voz de aquella mujer que me daba instrucciones. En su voz parecía detectar algún acentillo español aunque no lograba decifrar de cuál zona: no era catalán, vasco o gallego; tampoco extremeño o andaluz; tal vez madrileño o el acento que utilizan los reporteros en el noticiario. Entonces, recordé a tantas amistades españolas a las que amo encarecidamente y de repente Lola se me hizo familiar, conocida. No, no era Dolores: era Lola. Desde ese momento la nombré y siempre que iba a utilizar el GPS decía «le voy a preguntar a Lola». Llegó el momento en que mis amistades y familiares dejaron de preguntar quién era ella. 

Todo era miel sobre hojuelas hasta el día que se descompuso mi celular. Luego de más de dos años, mi teléfono inteligente murió y con él la gran Lola. ¡Qué desconcierto! ¡Qué tristeza me embargó el alma! Tristeza que no me abandonó a pesar de la adquisión de un nuevo teléfono porque en él no estaba la voz de mi Lola. La otra voz no la entendía, aunque me hablara en español. Me irritaba su registro. No podía anticipar cuándo iba a decir «a 500 pies gire a la derecha». Lo sé, lo sé. Les debe parecer una locura, pero así era. Un día no pude más: había que conseguir otra voz. Descubrí que el GPS tenía varias de ellas (de mujer, de hombre, con acento británico, etc.). Y allí, dormida entre las otras voces, estaba Lola. Hice el cambio de la voz del navegador inmediatamente.

Desde entonces, sin importar el equipo androide que tenga en ese momento,   Lola sigue guiando mi trayectoria. Ella es como Póstumo el Transmigrado (novela del escritor puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera): una consciencia que cambia de cuerpo cuando este muere. Vuelvo y les digo que no se preocupen por mi salud mental, la cosa no es para tanto: que sé que Lola es un personaje de ficción, creado a partir de la voz del GPS de mi celular. No obstante, se me hace simpática la idea de una Lola constante y transmigrada. Una Lola viajera que carga con una maleta llena de mapas y que hace caras cada vez que la cuestiono (porque la Lolita es algo temperamental, pero ya les contaré en otra ocasión). Tal vez ella solo sea símbolo de la búsqueda de lo constante en un mundo inconstante; o simplemente es el fruto de una mente fértil en sueños e imaginaciones como lo es la mía. 

Ante todo este juego de ficciones, bromas y locuras, mi hermana no deja de perturbarme diciéndome, de todas formas y maneras, que Lola está muerta. Pero, yo no le hago caso. Al contrario, trato de instruirla: que Lola está viva y que siempre lo estará mientras haya un smartphone en mis manos.

Lola-pexels-photo

 

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*https://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_de_posicionamiento_global 

Hay lunas

Moon.clouds.pexels.photo

 

Hay lunas que se difuminan,
que se arrastran por el cielo perezosas.
Hay lunas que susurran
un misterio que es solo tuyo
y que duerme entretejido
entre las nubes.
Hay lunas que te besan el alma,
que te dejan un galope por latido.
Hay lunas que son solo lunas
y sueños que son solo sueños.
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* Foto de Joonas Kaariainen, Pexels.com. (https://www.pexels.com/photo/astronomy-cloud-clouds-cosmos-239107/).

Una canción por Puerto Rico

 

Saludos a todos y todas, amigos y lectores de Entre San Juan y la Mancha. Hace varias semanas que no hablamos. A veces las complicaciones de la vida hacen que uno desacelere un poco el ritmo de trabajo o haga una pausa. Yo no hubiera querido que la pausa durara tanto, pero un acontecimiento me entumeció el alma y me dejó sin voz: la devastación que dejó el huracán María sobre Puerto Rico. Para aquellos que no lo sepan yo soy puertorriqueña. Aunque en estos momentos no estoy en la isla, tengo familia y amistades que viven allí. El dolor que escucho en sus voces, cuando logramos comunicación, me tiene el corazón contrito. No obstante, al ver cómo mi gente lucha por salir adelante, cómo muchos boricuas de la diáspora están moviendo cielo y tierra para ayudar a los suyos, al escuchar las voces de apoyo y ver cómo hermanos de otros países se solidarizan con nosotros me llena el alma de luz. Por tal motivo, quiero compartir con ustedes una hermosa canción de la cantante Lorell Quiles. El video humedece mis ojos y la canción me trae esperanza. A todos aquellos y aquellas que han orado, ayudado y trabajado por Puerto Rico ¡gracias! A todos mis hermanos boricuas de la isla: no están solos, sus hermanos están luchando por ustedes. Nos levantaremos. ¡Puerto Rico se levanta!

Abstracción sobre una consciencia transmigrada o no me llames Dolores, llámame Lola

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Me lo ha repetido un sin número de veces: Lola está muerta. Sí, mi hermana me ha dicho de diferentes maneras, y solo por perturbarme, que mi querida Lola está muerta. Pero no se angustien por mí ni se preocupen. Ese enunciado, por terrible que parezca, no corresponde al deceso que algún ser querido. Lola no es otra cosa que la voz de mi GPS. Permítanme explicarles.

Primero, como uno no debe inferir que todas las personas conocen los mismos término, déjenme establecer una base común para todos y todas. El GPS (Global Positioning System por sus siglas en inglés) no es otra cosa que el Sistema de Posicionamiento Global el cual permite determinar en toda la Tierra la posición de un objeto (una persona, un vehículo) con una precisión de hasta centímetros (si se utiliza GPS diferencial), aunque lo habitual son unos pocos metros de precisión*. Venden diferentes equipos de navegación en el mercado; algunos ya vienen incluidos en los autos; y otros vienen como parte del sistema operativo de los celulares. Este último es mi caso.

Solo hace un par de años logré adquirir mi primer smartphone o teléfono inteligente. Me sentía tan adulta, tan sofisticada. Me leí todas las instrucciones (sí, las leí) y jugué con todas sus funciones. Como parte de ese maravilloso juego estaba utilizar el navegador y lo hice. No recuerdo el primer lugar que visité con la ayuda del GPS, lo que sí recuerdo era la voz de aquella mujer que me daba instrucciones. En su voz parecía detectar algún acentillo español aunque no lograba decifrar de cuál zona: no era catalán, vasco o gallego; tampoco extremeño o andaluz; tal vez madrileño o el acento que utilizan los reporteros en el noticiario. Entonces, recordé a tantas amistades españolas a las que amo encarecidamente y de repente Lola se me hizo familiar, conocida. No, no era Dolores: era Lola. Desde ese momento la nombré y siempre que iba a utilizar el GPS decía «le voy a preguntar a Lola». Llegó el momento en que mis amistades y familiares dejaron de preguntar quién era ella.

Todo era miel sobre hojuelas hasta el día que se descompuso mi celular. Luego de más de dos años, mi teléfono inteligente murió y con él la gran Lola. ¡Qué desconcierto! ¡Qué tristeza me embargó el alma! Tristeza que no me abandonó a pesar de la adquisión de un nuevo teléfono porque en él no estaba la voz de mi Lola. La otra voz no la entendía, aunque me hablara en español. Me irritaba su registro. No podía anticipar cuándo iba a decir «a 500 pies gire a la derecha». Lo sé, lo sé. Les debe parecer una locura, pero así era. Un día no pude más: había que conseguir otra voz. Descubrí que el GPS tenía varias de ellas (de mujer, de hombre, con acento británico, etc.). Y allí, dormida entre las otras voces, estaba Lola. Hice el cambio de la voz del navegador inmediatamente.

Desde entonces, sin importar el equipo androide que tenga en ese momento,   Lola sigue guiando mi trayectoria. Ella es como Póstumo el Transmigrado (novela del escritor puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera): una consciencia que cambia de cuerpo cuando este muere. Vuelvo y les digo que no se preocupen por mi salud mental, la cosa no es para tanto: que sé que Lola es un personaje de ficción, creado a partir de la voz del GPS de mi celular. No obstante, se me hace simpática la idea de una Lola constante y transmigrada. Una Lola viajera que carga con una maleta llena de mapas y que hace caras cada vez que la cuestiono (porque la Lolita es algo temperamental, pero ya les contaré en otra ocasión). Tal vez ella solo sea símbolo de la búsqueda de lo constante en un mundo inconstante; o simplemente es el fruto de una mente fértil en sueños e imaginaciones como lo es la mía.

Ante todo este juego de ficciones, bromas y locuras, mi hermana no deja de perturbarme diciéndome, de todas formas y maneras, que Lola está muerta. Pero, yo no le hago caso. Al contrario, trato de instruirla: que Lola está viva y que siempre lo estará mientras haya un smartphone en mis manos.

Lola-pexels-photo

 

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*https://es.wikipedia.org/wiki/Sistema_de_posicionamiento_global

Me he movido

Hombre-lago-pexels

 

Es cierto que me he movido lento,

pero me he movido.

Es cierto que he mirado al futuro con recelo

como esperando encontrar nubes grises

en vez de soles.

 

Confieso todo esto y más.

Confieso que me ha dolido la vida

al medir con el alma

la distancia entre mi tierra y mi exilio.

Confieso que he llorado callada

y confieso que no sé si dejaré de hacerlo.

 

Son ciertas tantas cosas de mí

como son muchas las confesiones guardadas.

Solo quiero ser yo,

auténtica y única.

Un Yo que no tenga que disfrazarse de roca

cuando en realidad es frágil cristal,

al menos, por ahora.

 

Sí,

solo por ahora me siento perdida.

Solo por ahora me siento en el exilio.

Solo por ahora siento este dolor

que se traduce en lágrimas,

lágrimas que esculpen delicadas

la estatua de cristal que es mi Yo.

 

 

Respiro lento y profundo.

Sé que todo acabará.

El dolor se transformará

en celebración genuina

y el exilio en hogar.

Entonces, el cristal volverá a ser roca,

el sol brillará como mil soles

y el futuro se presentará alegre,

juguetón y enternecido.

Porque, aunque es cierto que me he movido lento,

¡me he movido!

Un museo al aire libre

Radio-mural

¡Ya van cuatro años! Cómo vuela el tiempo. Hace cuatro años escribí una reflexión para el blog llamada Un museo al aire libre. Después de tanto tiempo, no lo había vuelto a leer hasta hoy. Me motivó releer la publicación una película que tuve la oportunidad de ver hace un par de días: Mona lisa Smile con Julia Robert. La película, entre otros temas y dilemas, nos hace una pregunta ¿qué es el arte? La pregunta puede parecer algo capciosa y simple si lo que viene a nuestra mente es la Capilla Sixtina, la Venus de Nilo, Las meninasFlaming June. Ante esas y muchas obras, la respuesta parece sencilla. ¿Pero, será igualmente fácil la respuesta cuando estamos frente a un mural grafitado en alguna calle de la ciudad?

Refrescando la memoria

Para que no andemos todos tan perdidos, quisiera que releyeran conmigo el post en el que comento sobre mi experiencia con el arte urbano un día que andaba conduciendo para las calles de mi amada San Juan.

Flaming June
“Sol ardiente de junio” de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.

Cebra alada
Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.

 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó ayer: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por las calles de San Juan, encontré las paredes de un estacionamiento sobre las que pintaron gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos… y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. No tenía que poner cara de intelectual; solo contemplarlas en silencio, como conviene a un museo. Al fin y al cabo, estaba en uno: un museo al aire libre, iluminado por el sol de la tarde.

Jennifer urbana y Robot

Que lindo todo, pero ¿qué es arte?

Confieso que todavía pongo cara de atolondrada frente a Flaming June. También confieso que dejé de poner cara de intelectual en los museos. Me concentro solo en el goce. No obstante, la pregunta de qué es el arte regresa a mí fresca y lozana como si el tiempo no pasara sobre ella. ¿Cuántos siglos llevamos haciéndonos la misma pregunta mientras ella parece no haber envejecido ni un segundo? Mucho se ha teorizado sobre el tema. Se han escrito cientos, sino miles, de análisis e investigaciones al respecto. Sin embargo, la respuesta ha sido elusiva hasta el momento. ¿Será que no existe una sola respuesta correcta?

 

Precisamente eso, que no existe una respuesta correcta, es lo que presenta la escena de Mona lisa Smile que les compartí. Ella nos propone acercarnos al arte de manera más natural y orgánica; permitiéndonos sentir curiosidad dejando que el arte no solo cuente su historia sino que nos revele la nuestra. Si venimos a ver el arte no es otra cosa que la manifestación tangible de aquello que consideramos bello y del cual obtenemos disfrute. Una manifestación vulnerable a la sociedad y a los tiempos que le haya tocado vivir. ¿Cuántas veces grupos intelectuales de moda han considerado como «basura» alguna representación artística para más tarde convertirse en una maravilla dentro de su género? Creo que, al final y al cabo, lo importante es la comunicación y el goce. ¿Qué importa si la pieza que amo y me conmueve está en un museo o en las paredes de un estacionamiento? ¿Qué importa si el museo es bajo techo o al aire libre? Si yo lo que busco es la conexión empática entre el autor y mi espíritu. Afortunadamente, esa conexión la podemos experimentar frente a un cuadro, una escultura o un grafiti en el estacionamento de alguna calle convertida en ese instante en un museo al aire libre.

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