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Frente a tu orilla

 

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Me soñé parada frente a tu orilla.

Tus tibias aguas lavaban mis pies cansados de andar

por un camino atropellado, escabroso, incierto.

Y escuché mi nombre.

Escuché tu voz en el viento que peinaba las palmas.

Aquel mismo viento que pasaba suavemente su mano por mis cabellos.

Te soñé con los ojos cerrados,

mas con el alma abierta.

 

Me vi de rodillas

y sentí el vaivén de tus olas juguetonas.

Enterré mis manos en la arena.

Me aceptaste.

Tomaste entre tus manos las mías.

Sentí tu maternal beso

en el cálido sol que me alumbraba.

Me sentí completa.

Me sentí en casa.

Mi corazón se hizo uno con las olas,

con el viento,

con el sol.

Volví a escuchar mi nombre.

 

Un infinito de voces milenarias

se unieron para cantarme al oído una nana.

Volví a estar completa.

Volví a ser una.

Volví a ser Yo.

 

«He llegado, madre. He llegado».

Respiré profundo.

Se cerró el círculo.

Todo hizo sentido.

 

Desde lejos escuché otras voces,

otros ruidos.

El estrépito de un tren con rumbo a futuros inciertos;

la barahúnda del tráfico a la hora pico.

Entonces, sentí las manos heladas

contra una ventana que enmarcaba

la realidad dolorosa

de que estaba soñando contigo.

Los ojos se hicieron agua y espuma.

Y con las manos todavía contra la ventana murmuré:

«Espérame, madre. Espérame».

 

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Photo by Leah Kelley from Pexels

Cántame nuevamente al oído

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Cántame nuevamente al oído.

Envuelve este corazón de hielo

con las llamas de un amor eterno.

Quita de mis ojos

el tupido velo de lo cierto

y déjame ver claro y distinto

el majestuoso mundo de los sueños.

 

Esta nueva era te ha tratado con rudeza.

Ha llamado a tus virtudes faltas

y a tus beldades, horrores.

Aquellos y aquellas que se han dejado seducir

por los cantos de esta moderna existencia,

te han llamado ridícula,

inútil,

aburrida,

mientras lanzan al aire

ondas estridentes

con cada palabra hedionda

de sus excentricidades.

Sin embargo, yo te pido

que me cantes nuevamente al oído.

 

En el vaivén acompasado de tus rimas

se esconden los pesares humanos,

las esperanzas perdidas,

la lujuria de la carne

y las lágrimas de una patria perdida.

Las virutas del tiempo se desprenden

con cada metáfora,

cada símil,

cada tropo barnizado y eterno,

mientras las musas ablandan con sus cantos

la rigurosa gramática y ortografía.

 

Acércate a mí, poesía.

Bésame en la boca,

junta tu lengua con la mía;

envuelve con tu fuego mi corazón de hielo.

Escóndete en mi pelo,

respira aquí en mi cuello.

Que tu savia me lleve al mismo cielo.

Podría decirte tantas cosas,

pero hoy te pido

cántame nuevamente al oído.

 

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Foto: Arifur Rahman Tushar, Pexels, julio 2020. 

 

Canto a la poesía

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Cuando todos los silencios se congregan

y el dolor dobla las campanas,

tú siempre traes a mi alma calma

cuando ella se ahoga en la desdicha.

El resonar armonioso de tus rimas

envuelve en dulces cantos mis heridas

y derrama sobre ellas medicina

quedando así mi mente complacida.

Déjame conjurar hoy todas tus rimas.

Déjame cantar tus coplas si hay ventisca.

Déjame perfumar las sienes con lavanda.

Déjame crear

que hay poesía.

 

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  • Foto de Pexels.

Ante sus ojos no soy nada

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Ante sus ojos no soy nada.

Sé que me miran desde las esquinas,

con el rabo del ojo,

tras todos los lentes oscuros.

Me miran tratando de entender,

tratando de ver lo que tú ves

y que para ellos es oculto.

Yo sé que ante sus ojos

no soy nada.

 

Critican el color de los ojos, la piel;

la textura y largo de mis cabellos.

Critican el ancho de las caderas,

la medida de mi cintura,

el tamaño de mis senos.

Critican lo que ven y lo que no ven.

 

«Tú puedes tener a alguien mejor que ella», susurran.

«¿Qué le habrá visto a esa?», se preguntan.

Y la nube tóxica de sus comentarios

intenta envolverte,

pero no lo logra.

Mientras tanto,

tú caminas a mi lado por la calle

sintiéndote el ser más afortunado del mundo

por el mero y simple hecho

que permito que tomes mi mano.

 

La horda de cuerpos anónimos

ven en tu conducta el registro

de alguna locura momentánea

que te ha oscurecido la vista,

que te ha enturbiado los sentidos.

Todo eso porque para ellos

no soy nada.

 

Sin embargo,

yo soy sol,

yo soy luna.

Soy el deseo ardiente de tu sexo,

el quejido que te roba el aire,

el beso que sopla vida.

Yo soy aquella por quien suspiras,

con quien sueñas,

con quien caminas.

 

Ante sus ojos no soy nada.

Ante tus ojos lo soy todo

y ante los míos ¡soy!

 

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  • Foto de Gustavo Fring, Pexels.

De pie frente al silencio

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De pie frente al silencio,

busco la cordura

que me ha robado el sentimiento.

Pero, ella se esconde tras los pilares

que sostienen el templo

que he levantado en tu nombre.

 

En esta infructuosa búsqueda,

escucho su risa burlona.

Cientos de veces he creído atraparla

y cientos de veces

solo he encontrado el silencio.

Y de pie frente al silencio,

he buscado la cordura

que me robó el sentimiento.

 

Amenazo a éste

con mi partida a otras tierras;

a otras tierras fértiles

donde la razón encuentra sus respuestas.

Mas, él también se burla.

Estoy de pie en el silencio

entre la cordura y el sentimiento.

 

Cierro los ojos.

Percibo un aroma tenue

que me embriaga los sentidos

y consume hasta las cenizas

la última fortaleza de mis luchas,

escudo de mi resistencia.

Es el olor a sándalo de tu piel

que impregna el aire,

me roza la piel

y deposita un beso cálido y húmedo

en mis labios entre abiertos,

en mi lengua expectante.

¡Por qué me haces esto, oh cordura!

¡Por qué me dejas sola y desarmada

con la lujuria comiéndome las entrañas!

 

Acaricio ardiente su piel

y deposito un beso húmedo y cálido

en sus labios entre abiertos,

en su lengua expectante.

Ya no habrán búsquedas infructuosas,

solo dos cuerpos abrazados

de pie frente al silencio.

Me gustan los silencios

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Me gustan los silencios:

los tuyos,

los míos,

los nuestros.

Me gustan los silencios

que me inundan el alma

y cantan canciones de colores brillantes,

de colores tenues,

de colores llenos de prismáticos secretos.

Me gustan los silencios que se parecen a ti.

Me gustan los silencios que se acurrucan entre nosotros

cuando nos sentamos juntos,

cuando vamos al cine;

cuando dormimos uno al lado del otro

espalda con espalda,

pasión con pasión.

Me gustan los silencios

porque cada palabra pintada sobre ellos

es un trazo luminiscente

en el lienzo de nuestras memorias.

Los silencios enmarcan y completan

esta obra de arte

que es nuestra vida juntos.

Sin ellos las palabras se desbordan,

se despeñan,

se hunden en un abismo sin fin;

pierden significado;

olvidan su luz

y dejan de ser.

Me gustan los silencios que me inundan el alma,

que se acurrucan entre nosotros

y enmarcan nuestra vida juntos;

Esos silencios que se parecen a ti,

que se parecen a mí,

que se parecen a nosotros:

Los tuyos, los míos, los nuestros.

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Dicen

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Dicen que se están marchitando las amapolas.

Que sus colores se han tornado sombríos

y que han dejado de sonreírle al viento

para dejarse abrazar por la fría y húmeda tierra.


Dicen que las amapolas

han bailado su último vals.

Que han guardado todos sus pétalos y hojas

en la bóveda del olvido

para allí dejarlos

mientras el tiempo da su viaje postrero.


Dicen que las amapolas ya no cantan.

Por eso, las abejas no las hallan

y las libélulas vuelan angustiadas,

desesperadas,

tratando de encontrar siquiera una.


Las amapolas se marchitan,

ya no bailan.

Las amapolas se esconden tras el olvido.


No obstante, un beso suave y húmedo

acaricia sus labios de grana: es el rocío,

quien les canta sobre la mañana.

Después del canto les sonríe

ya que tras el sol siempre llega la esperanza.

En el silencio

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Sé que llevo tiempo en el silencio,

instalada y sin decir una palabra.

Sé que me he sentado sobre el suelo,

a veces bañada de luna

y otras, de alborada.


Sé que el silencio es caprichoso:

cuando quiere te pinta las memorias de alegrías

o las cubre de melancólicos pesares.


Sé que llevo tiempo en el silencio

con los ojos cerrados;

con los ojos abiertos.

Sé que tengo el cuerpo entumecido,

con las manos juntas

y los dedos entrelazados.


Sé que prodría parecer solo un fantasma,

penando por pasillos y recámaras,

pero no lo soy.


Hoy soy solo un suspiro,

una exhalación o un respiro.

Hoy solo soy el viento que sabe a mar;

sentada con un caprichoso consentido

que a veces te quita

y a veces te da.


Sé que llevo tiempo instalada en el silencio,

sentada en el suelo con los ojos abiertos,

con los ojos cerrados.

Sé que hace tiempo no te regalo

el calor de mis manos.

Pero, hoy para ti

seré más que un respiro

y tú para mí

serás un dulce suspiro.

 

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Photo by Sindre Strøm from Pexels

Hoy creo

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Creo que voy a cantarle otra vez a la luz y a la mañana.

Creo que voy a cantarle al calor, al sol y a la alborada.

Creo que le cantaré a la primavera, al otoño y al estío.

Creo que le cantaré a las flores, a los montes y a los ríos.


Creo que uniré mi voz a todos los trinos

-los que son, los que serán y los que se han ido-.

Creo que abriré los ojos de todos los dormidos,

aquellos que hibernaron sin decirlo.


Creo que me negaré a conformarme

con este invierno terco e impertinente

que se niega abandonar mi sino;

que me niega mi destino y mi suerte.

Creo que me convertiré en pura lava

y derretiré la roca que me esconde.

Creo que hoy mismo se acabará el invierno.

Seré luz, calor y sol en mi alborada.

Por si no lo he dicho antes

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Creo que lo he dicho otras veces,
no lo sé.
Creo que he dicho las mismas palabras
antes de rayar el alba.
Creo que he dicho lo mismo
vestido con otro ropaje.
Sin embargo, aunque las haya dicho o no,
siento que debo hacerlo.

Siento que debo decirte

que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas.
Que tu sonrisa es el puerto seguro
donde mueren todas mis angustias.
Que tu aroma es la suma de todos mis deseos
y tu cuerpo es el sol
donde extinguen todos mis inviernos.
Parece una locura repetir
lo que se ha dicho tantas veces 
con hechos y gestos.
No obstante, 
sé que las palabras tienen una magia especial;
que también son importantes. 
Las palabras marcan la memoria;
provocan heridas o sanan. 
Las palabras tienen un poder que va más allá del tiempo.
Por eso,
cuando estemos viejos,
quiero que recuerdes esto:
que en tus ojos se esconden la noche y las estrellas;
que tu sonrisa es mi puerto;
que tu aroma es la suma de todo aquello que deseo
y que en tu cuerpo siempre termina el invierno.