Un museo al aire libre

Radio-mural

¡Ya van cuatro años! Cómo vuela el tiempo. Hace cuatro años escribí una reflexión para el blog llamada Un museo al aire libre. Después de tanto tiempo, no lo había vuelto a leer hasta hoy. Me motivó releer la publicación una película que tuve la oportunidad de ver hace un par de días: Mona lisa Smile con Julia Robert. La película, entre otros temas y dilemas, nos hace una pregunta ¿qué es el arte? La pregunta puede parecer algo capciosa y simple si lo que viene a nuestra mente es la Capilla Sixtina, la Venus de Nilo, Las meninasFlaming June. Ante esas y muchas obras, la respuesta parece sencilla. ¿Pero, será igualmente fácil la respuesta cuando estamos frente a un mural grafitado en alguna calle de la ciudad?

Refrescando la memoria

Para que no andemos todos tan perdidos, quisiera que releyeran conmigo el post en el que comento sobre mi experiencia con el arte urbano un día que andaba conduciendo para las calles de mi amada San Juan.

Flaming June
“Sol ardiente de junio” de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.

Cebra alada
Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.

 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó ayer: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por las calles de San Juan, encontré las paredes de un estacionamiento sobre las que pintaron gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos… y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. No tenía que poner cara de intelectual; solo contemplarlas en silencio, como conviene a un museo. Al fin y al cabo, estaba en uno: un museo al aire libre, iluminado por el sol de la tarde.

Jennifer urbana y Robot

Que lindo todo, pero ¿qué es arte?

Confieso que todavía pongo cara de atolondrada frente a Flaming June. También confieso que dejé de poner cara de intelectual en los museos. Me concentro solo en el goce. No obstante, la pregunta de qué es el arte regresa a mí fresca y lozana como si el tiempo no pasara sobre ella. ¿Cuántos siglos llevamos haciéndonos la misma pregunta mientras ella parece no haber envejecido ni un segundo? Mucho se ha teorizado sobre el tema. Se han escrito cientos, sino miles, de análisis e investigaciones al respecto. Sin embargo, la respuesta ha sido elusiva hasta el momento. ¿Será que no existe una sola respuesta correcta?

 

Precisamente eso, que no existe una respuesta correcta, es lo que presenta la escena de Mona lisa Smile que les compartí. Ella nos propone acercarnos al arte de manera más natural y orgánica; permitiéndonos sentir curiosidad dejando que el arte no solo cuente su historia sino que nos revele la nuestra. Si venimos a ver el arte no es otra cosa que la manifestación tangible de aquello que consideramos bello y del cual obtenemos disfrute. Una manifestación vulnerable a la sociedad y a los tiempos que le haya tocado vivir. ¿Cuántas veces grupos intelectuales de moda han considerado como «basura» alguna representación artística para más tarde convertirse en una maravilla dentro de su género? Creo que, al final y al cabo, lo importante es la comunicación y el goce. ¿Qué importa si la pieza que amo y me conmueve está en un museo o en las paredes de un estacionamiento? ¿Qué importa si el museo es bajo techo o al aire libre? Si yo lo que busco es la conexión empática entre el autor y mi espíritu. Afortunadamente, esa conexión la podemos experimentar frente a un cuadro, una escultura o un grafiti en el estacionamento de alguna calle convertida en ese instante en un museo al aire libre.

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El viejo arte de escribir cartas

El viejo arte de escribir cartas

 

¡Por favor! ¡Qué alguien me diga que recuerda cuando se escribían cartas! Yo lo recuerdo y no soy tan vieja. Soy consciente  de que hay una generación que nació en la era digital en la que hablar de internet, celulares, skype, Facetime, WhatsApp, etc., es lo más normal del mundo. Sé que existen personas que no se pueden imaginar cómo era el mundo antes del celular. También sé que hay otras que el único correo que conocen es el electrónico; que piensan que la dirección postal es solo para llenar documentos oficiales y para que le lleguen a uno las deudas. Esto último sino no sean matriculado en el programa «paperless» de la compañía para que todo se lo envíen al email.

 

Yo sé todo esto, sin embargo, no deja de asombrarme cuando personas de mi generación, o anteriores, se muestran asombradas y confusas cuando les digo que quiero escribir una carta de mi puño y letra o que me gustaría recibir una carta de algún amigo en el buzón. De repente, parece que me salieran monos en la cara por la mirada incrédula de mi interlocutor. 

  • Pero… ¿Tú no lo tienes en Facebook?
  • Sí, lo tengo en Facebook.
  • Pues envíale un mensaje por Messenger.
  • ¿Un mensaje por Messenger? Si yo le escribo por WhatsApp todos los días.
  • ¿Entonces?
  • ¿Entonces qué?
  • ¿Para qué quieres escribirle una carta de papel?
  • Bueno, para hacer algo diferente. No sé, enviarle cosas bonitas.
  • Nena, pues envíale un email con algún video de YouTube o algo así.
  • Pero es que yo quiero enviarle algo tangible; algo que pueda, tocar, admirar y leer de mi puño y letra.

 

Mi interlocutor me mira perplejo, como me mira la empleada de la tienda cuando, en la sección de tarjetas, le pregunto que dónde están los conjuntos de papeles con diseños y sobres para escribir cartas. ¡Es que me mira con una cara! Parece que le dijera “buenas tardes, señora, ¿sería tan amable de indicarme cómo llego al planeta B612? Me urge estar allí para cuidar de mi rosa. Por cierto, ¿no tendrá usted por ahí un par de aves que me preste para volar de regreso a mi planeta?”.

 

En este nuevo mundo tecnológico, donde la gratificación instantánea es la orden del día, el arte de escribir cartas a mano se convierte en algo lejano, confuso e ininteligible. ¿Por qué esperar días, hasta semanas, por una carta? ¿Por qué? Creo que los que llegamos a escribir cartas a nuestras amistades o a algún gran amor sabemos por qué: la emoción que rodea todo el proceso. Recordamos la alegría a la hora de escoger el papel y el sobre con los mejores diseños antes de escribir la misiva. Algunos escribían en un color de bolígrafo en específico; otros enviaban dentro de los sobres pequeños obsequios: una foto, un marcador de libros, un recorte de periódico, etc. Pero si eso era emocionante, más lo era esperar la respuesta de la carta. ¿Cuánto se tardaría en responder? A eso había que añadirle el hecho si la persona vivía en otro país: después de escrita, hasta una semana si era E.E.U.U. y dos semanas si era Europa. ¿Y si mi carta nunca llegó? ¿Y si su respuesta se extravió? Entonces, cuando íbamos al buzón, allí estaba: sentadita muy quieta, escondida detrás de las otras cartas que solo hablaban de deudas. Tomábamos la carta en las manos y nos encerrábamos en el cuarto a leer. Nos fijábamos en los trazos de cada letra, en el tipo de papel; leíamos cada oración lentamente y escuchábamos la voz de la otra persona resonar en nuestra memoria. Reíamos con las anécdotas y los chistes de los amigos; llorábamos con las noticias tristes de algún familiar; suspirábamos con los requiebros de amor. 

 

Tal vez todos ustedes me entiendan; tal vez solo me entiendan algunos. Quizás uno que otro me mira con ternura porque verá en mis palabras algún recuerdo, alguna añoranza, alguna nostalgia. ¡Quién sabe! Es posible que haya un poco de todo o nada. No crean que voy a abandonar toda la modernidad de la tecnología para encerrarme en el siglo XIX de las utopías. ¡Qué va! A mí me encanta la tecnología y el internet me permite hablar con ustedes, que viven en diferentes países. No obstante, de vez en cuando quisiera escribir una misiva; quisiera vivir las emociones que vivía cuando lo hacía. Sé que todo es pura nostalgia o anhelo inconfeso, pero no se puede negar que hay una magia especial en el viejo arte de escribir cartas. 

Soñarte de madrugada ©

dawn-pexels-photo

Debería dejar de escribir de madrugada,

entre medio del sueño y la vigilia.


Debería dejar de pensarte

cuando mis ojos cansados

se cierran,

mis manos se van adormeciendo

y mi respiración va tomando

un compás lento y profundo.


Debería dejar de invocarte

en ese momento de consciencia adormilada.

Debería dejar de hacerlo

porque no conviene.


¿Cómo puede convenir

dejar la puerta abierta de mi consciente

cuando llenas cada rincón de mi inconsciencia?

Quisiera ser la noche oscura y eterna,

pero eres cada una de mis millones de estrellas.


Debería dejar de escribir entre el sueño y la vigilia

porque siempre que lo hago

no dejo de soñarte

en la madrugada.

La literatura vs. el negocio de la literatura: lo que todo escritor novel debe saber

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El mundo de la literatura es uno hermoso: lleno de aventuras, encuentros y descubrimientos. A todos aquellos y aquellas que nos encanta leer y escribir, sentimos que estamos en el edén cuando nos involucramos en cualquier actividad relacionada al mismo. Les digo, sin temor a equivocarme, que el mundo de la literatura es bello. Pero, como todo mundo habitado por seres imperfectos, como somos los seres humanos, ese espacio vivencial puede ser uno caótico, estresante y conflictivo. Esa complejidad se acrecienta si nos referimos específicamente al negocio de la literatura.

Cuando al fin decidí darle rienda suelta a mi anhelo de escribir y comencé a involucrarme en todo lo que implica ese arte -investigación, corrección, edición, publicación, etc.-, pude vivir en carne propia las palabras que un editor/escritor compartió en una conferencia a la que asistí: «una cosa es la literatura y otra cosa, muy distinta, es el negocio de la literatura». Es ahí donde los huevos se ponen a peseta*.

De primera intención, la escritura y su negocio podrían parecer lo mismo. Sin embargo, cada uno de ellos trabaja diferentes vertientes del arte. La literatura nos habla del ser humano, lo bueno y lo malo; también nos habla de nosotros mismos de una manera más íntima y específica. Su intención es ser leída, es decir algo. La literatura, lo quiera o no, comunica, urga y extrapola. El negocio nos habla de sí mismo: de sus necesidades y los medios para satisfacerlos. Nos habla de estimados, inversiones, ganancias, consumo, el mercado y proyecciones. Mientras nuestra sensibilidad poética desea llevarnos al acto creativo y al disfrute de lo bello, la realidad del negocio nos recuerda miles de otras cosas: que hay que conseguir el ISBN; que hay que pagarle al corrector y editor; que hay que dar el pago a la editorial, o la compañía de internet, para que hagan las primeras 500 copias del texto; que hay que pagar el arte y las fotos de la portada; ver dónde será la presentación; que librerías visitarás para ofrecer el libro; considerar si contratas a un agente literario, etc. Estos son solo algunos de los detalles que enfrenta el escritor novel, y no tan novel, que pueden amedrentar al corazón más valeroso.

Lo importante en todo el proceso, ya sea desde el punto de vista de la literatura o del negocio de la literatura, es que no olvides algo muy importante: hay una historia que solo tú puedes contar o un poema que solo tú puedes crear. Nadie más puede hacerlo porque es tu historia. Se te reveló a ti y únicamente tú la puedes escribir. Ahora bien, ¿qué puedes hacer para lograr tus sueños de escritor o escritora? Bueno, yo no soy la más experta en el asunto, no obstante, me atreveré a recomendarte par de cosas.

  1. Decide si te vas a ir con una casa editorial o si optarás por la autogestión. Cada una de ellas tiene sus pros y sus contras. Estúdialas y decide cuál te conviene.
  2. Participa de diferentes actividades literarias para que conozcas a otros como tú. Conocer a otras personas que comparten tus intereses y que están pasando por lo mismo que experimentas, te hará sentir que perteneces a una familia y que tienes a quién recurrir en caso de pregunta, temor o simple celebración.
  3. Tienes que exponerte. En muchas de esas actividades literarias hay micrófono abierto. Ese es el momento para poner a prueba tu producto, por así decir, y ver cómo es recibido. Así te vas soltando y conociendo el ambiente.
  4. No eres una isla. Socializa con tus pares. El intercambio siempre enriquece, no quita.
  5. Toma todos los cursos de Educación Continua, certificados, etc. que puedas. Esto te ayudará adquirir nuevas herramientas, conocer el negocio, establecer contactos significativos y a pulir tu talento. Recuerda, el conocimiento y la preparación no adulterarán quien eres como escritor ni perjudicarán tu obra.
  6. No tengas miedo. De primera intención todo parece complicado y puede ser abrumador. No te preocupes, esa sensación pasará. Sigue adelante.

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Estas son solo algunas de las recomendaciones a la hora de sobrevivir las dos caras de la literatura. Es importante que te relaciones con ellas ya que serán una realidad en todo tu trayecto. Pero no te preocupes, continúa con tus sueños de ser escritor. No estás sola. No estás solo. Somos muchos los embarcados en esta travesía. Nos habremos de encontrar entre San Juan y la Mancha porque entre los vericuetos del lenguaje siempre habrá lugar para una quijotada.

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* Expresión para indicar que una situación es compleja o difícil. 

Peculiaridades de una escritora: la música y la búsqueda de inspiración.

Mientras tomaba el curso de Literatura Universal en la universidad, el profesor José Emilio González dijo unas palabras que me marcaron desde ese entonces: el arte engendra arte. Yo no sé si lo que dijo era original suyo o estaba citando a alguien que yo no conocía, lo que sí sé es que esas palabras las veo cumplirse en mis colegas escritores y en mí todo el tiempo. Una pintura inspira una melodía; la melodía inspira un escrito; el escrito da paso a una escultura y así sucesivamente. 
Las bellas artes tienen ese efecto multiplicador. Infiero que se debe a la predisposición del ser humano hacia lo bello que está contenido en el arte. Obviamente, no todas las personas reaccionan de la misma manera ni con la misma intensidad; pero, ya sea para el disfrute o para condenar, el individuo no puede evitar sentir. Aquellos y aquellas con algún tipo de destreza artística, reaccionarán a lo que perciben según su habilidad o gusto. Y así se cumple la máxima de mi querido profesor de que el arte engendra arte.
Este hecho lo encuentro beneficioso ya que, en aquellas ocasiones en las que el deseo de crear no está calibrado con la disposición o el estado mental necesario, el exponerse y entrar en contacto con otras manifestaciones artísticas permite ubicarnos en el espacio que nos llevará a sentirnos inspirados. En mi caso, ustedes saben que cuando quiero escribir en el blog y tengo un bloqueo utilizo alguna forma de arte para poder salir del mismo y entrar a un estado mental creativo. A veces uso el dibujo, como los mandalas; en otras, los sonidos de la naturaleza (que para mí es un tipo de sinfonía). También utilizo la música instrumental. En el caso de mi publicación pasada, Estepa, utilicé una pieza instrumental de violines y piano que es la que ustedes vieron al inicio de este escrito. Como estoy tan cerca del poema, quizás no tenga una objetiva perspectiva del mismo; sin embargo, me parece que algo de la emoción de la pieza musical ha teñido al poema. Cuando escucho la melodía y leo el poema, percibo cómo ambos armonizan y se complementan. 
Ojalá todos hubiésemos visto la chispa que encendió al artista del nuestra obra favorita. Ojalá. Pero, ya que no pudo ser, confórmense con mi chispa que aunque pequeña también en ella está contenida la luz y la inspiración.
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Un museo al aire libre

"Sol ardiente de junio" de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.
“Sol ardiente de junio” de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.

 

Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.
Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.

 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó ayer: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por las calles de San Juan, encontré las paredes de un estacionamiento sobre las que pintaron gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos… y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. No tenía que poner cara de intelectual; solo contemplarlas en silencio, como conviene a un museo. Al fin y al cabo, estaba en uno: un museo al aire libre, iluminado por el sol de la tarde.

 

Jennifer urbana y Robot