Reflexiones veraniegas I : Amando la playa a mi manera

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¡Me encanta la playa! Me gusta escuchar el sonido de las olas. Ese sonido repetitivo que hacen al tocar la orilla me relaja y me hace sentir en casa. El sentimiento se complementa con el olor a salitre que activa las memorias de una niñez y juventud envueltas en ese aroma. Sí, me encanta la playa. 

Amo ver los diferentes tonos de azul reflejados en las tibias aguas de un día soleado en mi isla borinqueña. Estar rodeada de tanto color, de tanta luz, de tanto aroma, de tanta agua, no hacen más que llenarme el alma y mi cuerpo se convierte en caracol que, aun en la distancia, murmura su canto. Sin importar que afuera de mi ventana lo que vea sea el manto frío que teje el invierno, siempre que cierro los ojos escucho el susurro de las olas y un poco de ese mar se me escapa por los ojos. La playa es más que la inmensidad del mar, es la profunda medida de mi añoranza. 

Lo más curioso de todo esto es que no me gusta ir a la playa. ¿Paradoja incomprensible? Me explico. No me gusta sentir la arena en los pies ni cómo ella se me pega al cuerpo. Detesto esa sensasión pegajosa que se lleva uno de regreso a la casa y que lo obliga a meterse bajo la ducha de pies a cabeza. No me gusta ver los pececitos que se acercan y que provocan que esté todo el tiempo en movimiento para evitar que se alleguen. Termino el día exhausta, con calor, pegajosa; con arena hasta en los dientes; desesperada por cambiarme de ropa y muerta de hambre. ¿Será que solo me gusta el aspecto idílico de la playa? 

Independientemente sea el aspecto idílico o no lo que me gusta, lo cierto es que el mar ejerce una gran influencia en mí. El mar me relaja; me inspira. A su canto ancestral recurro cuando necesito concentrarme; cuando necesito crear. El mar siempre me recuerda el camino a casa; es el consuelo de todas mis nostalgias. Es mi llamado a la calma, pero también mi llamado a la acción. Aquellos y aquellas que han tenido la oportunidad de nacer o vivir en una isla o cerca de la costa han experimentado alguna de estas cosas, al menos, una vez. Claro, no puedo afirmar que el 100% de esas personas han sucumbido a su embrujo; sin embargo, puedo decir que han sido muchos los que se han dejado encantar por el sonido de las olas. 

En resumen, ya sea de cerca o de lejos, por nacimiento o por costumbre, por inspiración o por práctica, puedo decir que, como muchos, amo la playa. La amo, no solo por el entretenimiento que ella pueda ofrecer, sino por las cosas que me revela de mí misma cuando la escucho y por ser una musa para mi ingenio.  

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