Al calor de los cuerpos® (cuento)

El ambiente era el mismo de todas las noches: pobre iluminación, colillas de cigarrillo por todo el suelo, par de mesas de madera en mal estado acompañadas con sus sillas en igual condición; sobre cada mesa, una vela, una botella de licor, dos vasos de cristal y una conversación superflua. El humo de los cigarrillos había creado una gran nube, teñida de las incipientes luces, olorosa a alcohol y sudor. Allí en el arrabal era día de milonga. Hoy se baila tango.

Él llegó al lugar como todas las noches: pasadas las diez; vestido de pantalón y gabán gris algo gastado, camisa blanca, corbata negra y un sombrero a lo Gardel. Pasó el umbral. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra del local. Sacó el pañuelo y secó su frente. Entonces la vio: sentada en la falda de un hombre, lanzando una carcajada mientras convencía al ya intoxicado señor a que se bebiera otro trago.

Ella reaccionó como todas las noches: tomó el trago que le había invitado aquel hombre de un golpe y sin respirar; cerró los ojos y dejó que una gota de licor descendiera de la comisura derecha de sus labios y se perdiera por la hendidura de sus senos. Se permitió el lujo de dejar los ojos cerrados por un milenio -o un segundo, que en su caso era lo mismo-. Cuando los abrió, se encontró con los de él: los mismos ojos que la buscaban pasadas las diez.

Como todas las noches, entre medio de todo el bullicio del boliche, unos acordes anuncian su canción. Ella se levanta de la falda del ahora cliente inconsciente. Agarra el dinero que hay sobre la mesa, lo cuenta, se queda con una parte y llama al mesero quien limpia y toma el resto. Con sus movimientos lentos, acompasados, casi etéreos, la mujer se acerca al centro del lugar. El hombre, también había comenzado a caminar hacia aquel espacio destinado para el baile. Cuando se encontraron frente a frente, ya varias parejas habían empezado a dibujar sobre el suelo los giros adoloridos y sufridos que proponía la canción.

Él extendió su mano izquierda hacia ella mientras se hundía irremediablemente en la noche eterna de sus ojos. Ella dejó que su mano derecha se deslizara sobre aquella que le invitaba a un viaje sin retorno. Él la acercó hacia sí y ella colocó su brazo alrededor de aquel hombre como si fuera un ala. Al roce de las mejillas, los ojos se cerraron inevitablemente. El cambio de peso de un pie a otro anunciaba el comienzo de la travesía. Un paso, luego otro, una pausa, un desliz. Al calor de los cuerpos, la necesidad de estar más cerca se hacía evidente, como se hacía evidente en cada uno de los rostros el dolor que embargaba cada corazón. Giro en el mismo sitio, cruce de piernas y el pie de ella que roza la pantorrilla de su compañero.

Tú…
yo sé que el cielo,
el cielo y tú,
vendrán acá para salvar
mis manos presas a esta cruz.
Si esta mentira audaz
busca mi pena,
no la descubras tú
que me condena.
Guárdala en ti,
que es mi querer,
desengañarme así
será más cruel *

Él, como todas las noches, sintió que la mejilla húmeda de su compañera se alejaba de la suya y que ella lo miraba a los ojos, tan cerca que un beso hubiera podido salvar esa distancia. «Ya es hora» susurró en una lengua que él pensó que era lunfardo. Mientras miraba aquellos ojos-noche, las llamas -que habían sido invocadas por una vela que en el traspié de algún borracho había dado contra una cortina mugrienta- se habían levantado como gigantescos árboles de fuego que intentaban cubrirlo todo con sus frondosas llamaradas.

– Ya es hora. Vete.

– Volveré mañana.

– No lo hagas. Descansa.

– No puedo. No podré nunca.

Él no pudo evitar, como todas las noches que llegaba al lugar, cerrar los ojos y recordar aquel terrible día: el único en el que, molesto, se había marchado del boliche sin ella. Aquella madrugada, al enterarse que aquel antro se consumía bajo las llamas purificadoras de un incendio, corrió hasta allá, encontrándose con la catastrófica realidad de los cuerpos calcinados aun humeantes. Ya han pasado 10 años y desde ese entonces, pasadas las diez, el hombre se coloca en medio de las ruinas con los ojos cerrados.

– Te tienes que ir. Ya es hora.

– Volveré mañana.

– No lo hagas. Descansa.

No…
no me repitas ese adiós…
que esto lo sepa solo Dios,
el cielo y tú. *

 

__________

* Marcó, Héctor (letra) y Mario Canaro (música). Tú, el cielo y tú. Tango de 1944. http://www.todotango.com/musica/tema/3181/Tu-el-cielo-y-tu/

 

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