¡Ay, Dios mío, qué paciencia!

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¡Ay, Dios mío, qué paciencia! Sí, qué paciencia hay que tener cuando se trata de interactuar con otro ser humano. Todos aquellos y aquellas que leyeron «La corona» saben que trabajo como tutora para la clase de Español en una institución universitaria. El hecho de trabajar con estudiantes le provee a uno toda una serie de experiencias. La mayoría de ellas gratificantes; pero hay otras que ¡ay, ay, ay! Yo he aprendido a tomar estas vivencias como oportunidades de crecimiento a nivel personal. No obstante, confieso, hay ocasiones en que quisiera que salieran rayos de mis ojos para fulminar a alguien. Ya que esto no puede pasar (¡gracias Dios!), me limito a cerrar los ojos y poner la mano sobre el rostro mientras susurro «qué paciencia hay que tener, qué paciencia».

Hoy, por ejemplo, fue uno de esos días de la mano en el rostro. A las 8:40 de la mañana llega este chico muy sonreído y se para en el umbral de la entrada de mi cubículo: venía a aclarar unas dudas sobre el material discutido en la clase del día anterior. Toma asiento frente a mi escritorio y comienza a hablar. Mientras escucho, le observo con cierta intriga: hay algo que me incomoda de él que no logro descifrar. El tiempo que estuvimos dialogando no dejó de sonreír, pero sus labios tenían cierta torcedura que le daban un aire petulante.

– ¿Todo lo que el profesor enseña viene en el examen?

– (¡Vaya pregunta!). Si el profesor lo está enseñando es que es de importancia, es bueno que lo sepas y probablemente venga en el primer examen.

– ¿Pero este material vendrá palabra por palabra? ¿Así?- y comenzó a recitar burlón lo que tenía escrito en su libreta.

– El profesor les dirá qué tipo de examen tendrán, cuáles son los parámetros de evaluación y en cuál formato quiere que contesten.

– ¿Usted sabe quién es la madre de Fulano? (Aquí va el nombre del autor estudiado).

– No, no sé quién es.

– Ah… Debería saber porque ella es la inspiración de su primer periodo como escritor… Bla, bla, bla… –

Así siguió su retahíla de información, con aire de triunfo y sonrisa petulante. ¡Al fin podía demostrar que sabía más que yo! (Entonces, ¿para qué venir a tutorías? Quién sabe). ¿Yo? Me senté derecha -con las manos entrelazadas descansando sobre el escritorio-, mirándolo a los ojos sin ningún tipo de expresión en el rostro. Una vez hubo terminado, le di una amplia sonrisa y le felicité:

– Muy bien, por lo que veo ya está más que preparado –preparadísimo- para lo que pueda enfrentar en la prueba; por lo tanto, gracias por haber venido. Hasta aquí la tutoría. Se puede retirar.

– Pero aún tengo dos preguntas sobre…

– Oh, lo lamento, ya eso es material para otra cita. ¡Adiós!

No sé si el estudiante percibió todos los matices del sarcasmo con el que teñí mis palabras y mi amplia sonrisa, pero no importa, ya me lo saqué del sistema.

Después de toda esta «aventura», no pude evitar que vinieran a mi mente las siguientes preguntas: ¿Por qué hay personas que para fortalecer su autoestima intentan humillar a los demás, sobre todo, aquellos que le intentan ayudar? ¿Cuál es la necesidad de disminuir al otro para engrandecerse? El ser humano parece ser la encarnación de todo el sin-sentido que pueda existir en esta vida. Todavía nos falta por entender que el servicio al prójimo es lo que nos enaltece. Cuando compartimos lo que hemos aprendido en esta vida de forma humilde y desinteresada, nos convertimos en mejores personas. La acumulación de conocimiento, diplomas y estudios solo nos provee la oportunidad de conseguir mejores trabajos; pero si ese conocimiento lo ponemos al servicio del otro, el mismo se convertirá en semilla de esperanza en esta sociedad convulsa que nos ha tocado vivir.

 

(La foto fue tomada de httpreplygif.net1021)

 

 

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