Entre monstruos, superhéroes y princesas valientes

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Este fin de semana que pasó se llevó a cabo en San Juan el Puerto Rico Comic Con. En esta actividad se reúnen admiradores de la ciencia ficción, el animé y el género de fantasía (dragones, princesas, caballeros, elfos, enanos, gigantes, etc.). Si usted nunca ha tenido la oportunidad de ir a algo parecido a esto, le diré que la experiencia puede ser entre mágica y alucinante. Y es que usted puede estar caminando por los pasillos del gran salón, mirando los ofrecimientos de los vendedores, cuando de repente… ¡bum! los ojos de un predator se clavan en los suyos. Entonces, siente un escalofrío que le recorre por la espalda y el sentido de supervivencia se apodera de usted. Un grito se desenreda y corre por su garganta. Acto seguido, con una rapidez de la que no se creías capaz, mete su mano en el bolsillo, saca el celular y le dices: « ¡Qué brutal! ¿Me puedo retratar contigo?». Ya llegado a ese punto, sucumbes ante la bestia, sonríes y se toman un selfie. ¡Alucinante!

Confieso que disfruto cada momento de la actividad. (Bueno, casi cada momento: las filas infernales no las disfruto para nada). Caminar por entre los pasillos, rodeada de todo tipo de criaturas y personajes se convierte en un banquete para mi imaginación que ya de por sí es bastante traviesa. Según vas caminando, te das cuenta que has entrado a una zona libre de acoso. Todos los «raros» -estofones, weirdos, nerdos y travestidos- encuentran un espacio en el que ya no son el otro, sino el uno. Todos caminan con el rostro erguido, con paso seguro, sonreídos. De repente, sus cuerpo no son atacados por ser gordo o flaco; alto o bajo. No importa si eres una señora con nietos vestida de Mujer Maravilla o si eres un adolescente varón que se siente feliz porque por fin puede ir vestido de Elsa mientras susurra para sí Let it go. Aquel espacio de lo fantástico se transforma en el espacio de la liberación. La apertura interpretativa que cada individuo da a su Yo llena el ambiente de un aire de jubileo que resulta contagioso y hasta liberador. Mi pregunta es ¿por qué estos seres que representan la otredad tienen que esperar un año para disfrutar de una visibilidad, no solo permitida, sino plausible? ¿Por qué tienen que llegar a ese lugar para sentirse seguros y libres de acoso? ¿Qué nos pasa que como sociedad vituperamos, golpeamos y humillamos a una parte de la misma por ser diferente? ¿Cuándo llegará el momento en que nos sentemos a evaluar nuestros actos y comencemos a vivir conforme a la Justicia? Entre nosotros y nosotras viven los monstruos, los héroes y las princesas valientes; entre nosotros y nosotras está la respuesta.

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Siendo feliz sin pedir permiso

All bodies are good bodies.Smart Glamour

Soy gorda. Sí, obesa, talla grande, full figure, plus size, woman size o como le llamen en su país de procedencia. Lo menciono aquí como un dato, no un lamento; como una característica objetiva y evidentemente obvia de la que tengo harto conocimiento desde hace varios años. Y digo esto, porque he comenzado a preguntarme si las personas piensan que no me he dado cuenta del asunto. Hoy, como en otras ocasiones, he tenido que sufrir el bien intencionado comentario de una persona con referencia a mi cuerpo. En esta ocasión fue en mi trabajo:

Buenos días –dije con una sonrisa.

– Oye, ¿te vas a comer eso? Mira que eso tiene muchos carbohidratos y engorda.

– Yo compré esto de desayuno y me lo voy a comer.- (Imagíneme diciendo esto con cara de «que paciencia tengo que tener» y «a ti qué te importa»).

– Eh… Bueno, está bien. Al fin y al cabo tú lo quemas bailando salsa. (Ahora imagíneme con cara de What the fuck! ).

Mientras disfrutaba del pecaminoso desayuno, comencé a considerar por qué muchas personas se sienten obligadas a hacer algún tipo de comentario a una persona que no le solicitó su opinión. He llegado a una conclusión: la persona padece del síndrome Mejor afuera que adentro. Sí, definitivamente, no puede ser otra cosa. La persona se siente en la necesidad casi compulsiva de decir algo, cualquier cosa, a ese otro que tiene ante sí y como su mente está perturbada, busca en la región oscura de sus temores, complejos o prejuicios aquello que le sirva para llenar ese incómodo momento de vacío que ella siente debe llenar. Por eso, esta persona hace todo tipo de comentario inapropiado: si no te ve hace tiempo, « ¡wao! Pero que gordo estás»; «no sigas tomando sol que te vas a poner prieto»; «yo no recordaba que tuvieras el pelo tan malo»; « ¡qué jinchera! Pareces una muerta»; «muchacho, pero que flaco. Tienes que echar unas libritas»; etc. Si el comentario no les viene en el momento, entonces recurren a la «broma». La misma tiene la variante de la ambigüedad. Cuando el que sufre la broma responde defensivo, el «enfermo» lo mira con expresión entre sorprendida e inocente y se suelta un «era una broma; no lo tomes a mal».

Me pregunto si el síndrome de Mejor afuera que adentro será contagioso. Si es así, tenemos que, como sociedad, elaborar una vacuna para el mismo. Es triste ver cómo personas se sienten con derecho de juzgar y comentar sobre la vida y decisiones de otras, amparadas en la idea de que «lo digo por tu bien». La realidad intrínseca en el asunto es que aquel que comenta oculta, en los cuartos oscuros de su vida, todo un sin número de complejos e inseguridades que chocan contra la felicidad de aquellos que han aprendido a amarse cómo son. Mujer, hombre; transgénero, transexual, travesti; negro, blanco, amarillo, rojo; cristiano, musulmán, judío; gordo o flaco son diferentes etiquetas para una realidad que trasciende todo esto: todos somos seres humanos que queremos ser felices. Y a pesar de todas las luchas, prejuicios e inseguridades, hemos decidido ser felices con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestro yo. Así que, ámese y no pida permiso para ser feliz con usted mismo.

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