La corona

La corona

Hoy saqué la corona. Sí, hoy saqué la corona porque era justo y necesario. Y aunque oficialmente no tengo título nobiliario, de vez en cuando tengo que recordarles a las personas quién pone las reglas. (Bueno, al menos en mi cubículo). Trabajo como tutora de Español en una institución universitaria. Ayer, un estudiante vino a pedirme ayuda, a destiempo, sobre un trabajo que debió haber entregado el semestre pasado. Su profesora le concedió la oportunidad de entregárselo ese día. Así que, el chico llegó corriendo a mi oficina para que yo -ya, ahora, en este instante- le corrigiera los acentos. Aunque la misión no parecía complicada, miro su trabajo y descubro, para mi pesar, que el documento estaba plagado de «horrores». No solo tenía errores ortográficos, sino de sintaxis y de sentido. ¡No había quién entendiera eso! Yo, por eso de ser magnánima, me puse de acuerdo con su profesora para que lo pudiera entregar al otro día, lo que me daría tiempo para corregir el trabajo concienzudamente y tener algún tiempo de enseñanza con el estudiante.
– Ven mañana temprano a buscar el trabajo. Recuerda que necesitas tiempo para incorporarle las correcciones antes de imprimirlo.
-No se preocupe, profesora- los estudiantes también me dicen profesora-. Mañana temprano estoy aquí.
El estudiante aseguró que estaría en mi oficina entre 9:30 y 10 de la mañana.

Al otro día, llegó la hora acordada. Esperaba que de un momento a otro apareciera el chico en la oficina. Pasaron las 9:30, las 10:00 y las 11:00 de la mañana. Llegó mi hora de almuerzo y el estudiante no había llegado. Pensé que ya no vendría, así que, me fui a almorzar. Cuando llegué de mi hora de almuerzo, encontré al chico quien me dijo en tono prepotente, y delante de otros estudiantes, «te estuve esperando 45 minutos». «Espérate un momento»- le dije y salí corriendo. Regresé a donde me esperaba el estudiante con su trabajo en la mano y una corona en la cabeza.
-Permítame recordarle que la reina de aquí soy yo. Por lo tanto, las reglas las pongo yo y si usted tuvo que esperar fue porque no cumplió con el acuerdo llegando tarde a su compromiso. Así que, tome su trabajo y arranque por ahí a hacer lo que tenga que hacer.

Las risas ahogadas de los otros estudiantes se convirtieron en la musicalización de aquel entremés teatral. El chico me miraba con cara de asombro y espanto. Imagino que el asombro venía de que no esperaba lo que pasó; y el espanto, de descubrir que a su tutora de Español le faltaba un tornillo.

Todo esto me llevó a reflexionar sobre cómo nuestra sociedad parece carecer de las destrezas básicas de convivencia en comunidad. ¿Qué nos cuesta respetar y tratar con cortesía a aquellos y aquellas que nos están dando la mano? ¿Por qué insistimos en culpar a otros de nuestros fracasos cuando fue nuestra inacción o irresponsabilidad la que nos llevó a la situación en la que estamos? Seamos agradecidos, respetemos, tratemos a los demás con cortesía y tomemos las riendas de nuestras vidas. Quién sabe y tal vez llegue el día en que nadie tenga que sacar una corona para explicar las cosas.

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