Un museo al aire libre

"Sol ardiente de junio" de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.
“Sol ardiente de junio” de Lord Frederic Leighton, 1895. Museo de Arte de Ponce, PR.

Las veces que he ido al Museo de Arte de Ponce, no he podido evitar la sensación de encantamiento ante el cuadro Sol ardiente de junio. Ante él, quedo toda atontada, atolondrada, maravillada. Trato de poner cara de intelectual o entendida del arte, pero mi rostro solo logra montar una mueca: los ojos algo desorbitados, la boca entreabierta bulbuceando incoherencias y la cabeza ligeramente inclinada. ¡Vaya espectáculo el mío! Es que no puedo dejar de mirarla; de susurrarle al oído lo hermosa que es. Les digo que es todo un espectáculo digno de You Tube.

 

Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.
Mural pintado al estilo grafiti en San Juan, PR.

 A veces la pintura nos afecta así, a nivel visceral. Sin que sepamos la técnica utilizada, la época o quién la pintó, la misma se estrella contra nuestra razón y los sentimientos. Ahora que lo pienso, creo que eso mismo fue lo que me pasó ayer: un choque visceral contra lo bello. Mientras conducía por las calles de San Juan, encontré las paredes de un estacionamiento sobre las que pintaron gigantescos murales que me dejaron sin aliento. Murales que reflejaban la realidad urbana entre imágenes cotidianas y fantásticas. Detuve el carro para mirarlos, admirarlos… y retratarlos. La intensidad de los colores y las figuras representadas, me dejaron atontada, atolondrada, maravillada. No tenía que poner cara de intelectual; solo contemplarlas en silencio, como conviene a un museo. Al fin y al cabo, estaba en uno: un museo al aire libre, iluminado por el sol de la tarde.

 

Jennifer urbana y Robot

¿Tutora bloguera? ¡Por qué no!

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Había entrado al café solo por un momento: sería una cosa de la ida por la vuelta. Sin embargo, al entrar al lugar, me encontré con un gentío atípico para ese día de la semana. Unos minutos en el lugar fueron suficientes para enterarme de lo que estaba sucediendo: era una conferencia sobre cómo hacer un blog. Um… La verdad es que el tema siempre me había interesado, así que, ni corta ni perezosa, tomé asiento.

La actividad fue fantástica y la información allí brindada, de primera. El único problema con ella era que había logrado poner en mi cabeza un enjambre de ideas poco convencionales. Soy tutora de español -y con esto me refiero a que ayudo a los estudiantes a clarificar sus dudas con respecto a las artes del lenguaje-. O sea, que estoy ligada a la educación. Año tras año, busco formas útiles y novedosas que me permitan desarrollar nuevas estrategias de enseñanza. Pero, sobre todo, estrategias que permitan acercarme a ellos y poder provocarles interés en la materia. Así que, la idea de tener un blog o una página en la red ya había hormigueado por mi cabeza.

Para mí, abrir un sitio en la red, o un blog, era una cosa demasiado complicada. Además, había que ser «cool». Y aunque me considero muy «cool» (guiño un ojo), ¿de qué voy a hablar? ¿Cómo puedo hacer de esta herramienta una productiva a favor de mis alumnos? ¿Habrá alguien que lea? Muchas preguntas y consideraciones me vinieron a la cabeza. No obstante, algo que aprendí de la conferencia a la que asistí -por casualidad y sin ser invitada- era que hay público para todas las cosas y un lector para todo lo escrito.
Entonces, ¿por qué no? ¿Qué de malo hay en una tutora bloguera? En fin, que aquí estoy, escribiendo; y tú, leyendo. Veamos hasta dónde nos llevan las palabras.