Canto a la poesía

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Cuando todos los silencios se congregan

y el dolor dobla las campanas,

tú siempre traes a mi alma calma

cuando ella se ahoga en la desdicha.

El resonar armonioso de tus rimas

envuelve en dulces cantos mis heridas

y derrama sobre ellas medicina

quedando así mi mente complacida.

Déjame conjurar hoy todas tus rimas.

Déjame cantar tus coplas si hay ventisca.

Déjame perfumar las sienes con lavanda.

Déjame crear

que hay poesía.

 

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  • Foto de Pexels.

Ante sus ojos no soy nada

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Ante sus ojos no soy nada.

Sé que me miran desde las esquinas,

con el rabo del ojo,

tras todos los lentes oscuros.

Me miran tratando de entender,

tratando de ver lo que tú ves

y que para ellos es oculto.

Yo sé que ante sus ojos

no soy nada.

 

Critican el color de los ojos, la piel;

la textura y largo de mis cabellos.

Critican el ancho de las caderas,

la medida de mi cintura,

el tamaño de mis senos.

Critican lo que ven y lo que no ven.

 

«Tú puedes tener a alguien mejor que ella», susurran.

«¿Qué le habrá visto a esa?», se preguntan.

Y la nube tóxica de sus comentarios

intenta envolverte,

pero no lo logra.

Mientras tanto,

tú caminas a mi lado por la calle

sintiéndote el ser más afortunado del mundo

por el mero y simple hecho

que permito que tomes mi mano.

 

La horda de cuerpos anónimos

ven en tu conducta el registro

de alguna locura momentánea

que te ha oscurecido la vista,

que te ha enturbiado los sentidos.

Todo eso porque para ellos

no soy nada.

 

Sin embargo,

yo soy sol,

yo soy luna.

Soy el deseo ardiente de tu sexo,

el quejido que te roba el aire,

el beso que sopla vida.

Yo soy aquella por quien suspiras,

con quien sueñas,

con quien caminas.

 

Ante sus ojos no soy nada.

Ante tus ojos lo soy todo

y ante los míos ¡soy!

 

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  • Foto de Gustavo Fring, Pexels.

De pie frente al silencio

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De pie frente al silencio,

busco la cordura

que me ha robado el sentimiento.

Pero, ella se esconde tras los pilares

que sostienen el templo

que he levantado en tu nombre.

 

En esta infructuosa búsqueda,

escucho su risa burlona.

Cientos de veces he creído atraparla

y cientos de veces

solo he encontrado el silencio.

Y de pie frente al silencio,

he buscado la cordura

que me robó el sentimiento.

 

Amenazo a éste

con mi partida a otras tierras;

a otras tierras fértiles

donde la razón encuentra sus respuestas.

Mas, él también se burla.

Estoy de pie en el silencio

entre la cordura y el sentimiento.

 

Cierro los ojos.

Percibo un aroma tenue

que me embriaga los sentidos

y consume hasta las cenizas

la última fortaleza de mis luchas,

escudo de mi resistencia.

Es el olor a sándalo de tu piel

que impregna el aire,

me roza la piel

y deposita un beso cálido y húmedo

en mis labios entre abiertos,

en mi lengua expectante.

¡Por qué me haces esto, oh cordura!

¡Por qué me dejas sola y desarmada

con la lujuria comiéndome las entrañas!

 

Acaricio ardiente su piel

y deposito un beso húmedo y cálido

en sus labios entre abiertos,

en su lengua expectante.

Ya no habrán búsquedas infructuosas,

solo dos cuerpos abrazados

de pie frente al silencio.

Me gustan los silencios

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Me gustan los silencios:

los tuyos,

los míos,

los nuestros.

Me gustan los silencios

que me inundan el alma

y cantan canciones de colores brillantes,

de colores tenues,

de colores llenos de prismáticos secretos.

Me gustan los silencios que se parecen a ti.

Me gustan los silencios que se acurrucan entre nosotros

cuando nos sentamos juntos,

cuando vamos al cine;

cuando dormimos uno al lado del otro

espalda con espalda,

pasión con pasión.

Me gustan los silencios

porque cada palabra pintada sobre ellos

es un trazo luminiscente

en el lienzo de nuestras memorias.

Los silencios enmarcan y completan

esta obra de arte

que es nuestra vida juntos.

Sin ellos las palabras se desbordan,

se despeñan,

se hunden en un abismo sin fin;

pierden significado;

olvidan su luz

y dejan de ser.

Me gustan los silencios que me inundan el alma,

que se acurrucan entre nosotros

y enmarcan nuestra vida juntos;

Esos silencios que se parecen a ti,

que se parecen a mí,

que se parecen a nosotros:

Los tuyos, los míos, los nuestros.

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Vuelvo a soñar contigo

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Vuelvo a soñar contigo,

escondido tras el manto de la noche,

bañado de estrellas;

con perfume de mar

arruyado por las olas.

Vuelvo a soñar contigo,

cayado,

meditabundo;

añorando un futuro

en el que no aparezco,

en el que no encajo.

Un futuro de sombras,

de estrellas,

de caracolas y sirenas.

Vuelvo a soñar contigo

perdido en una niebla espesa;

envuelto en una bruma maloliente,

hundiéndote en la arena tibia

que te traga vivo,

mas no te das cuenta.

Vuelvo a soñar contigo

y el corazón me despierta.

Me siento en la cama,

respiro profundo.

Miro a mi lado

y veo el espacio vacío en la cama.

Me levanto,

camino a la ventana.

Veo las sombras alegres

de una noche juguetona

llena de luna.

El viento juega callado

para no despertar las hojas.

Siento que algo tibio se desliza

por las mejillas.

Una lágrima soñolienta

se descubre sonámbula

y despierta.

Miro a lo lejos

y te sueño con los ojos abiertos.

Pero te sueño,

no porque deseo que regreses,

ya superé tu partida

y soy feliz.

Te sueño despierta

para fijarte en mi memoria

porque, buenos o malos,

los recuerdos te tiñen el alma

y no quiero perder ni un solo color

de esta obra de arte que es mi vida.

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* Foto del artista Luiz Clas. https://www.pexels.com/photo/silhouette-of-girl-during-evening-1804796/

Dicen

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Dicen que se están marchitando las amapolas.

Que sus colores se han tornado sombríos

y que han dejado de sonreírle al viento

para dejarse abrazar por la fría y húmeda tierra.


Dicen que las amapolas

han bailado su último vals.

Que han guardado todos sus pétalos y hojas

en la bóveda del olvido

para allí dejarlos

mientras el tiempo da su viaje postrero.


Dicen que las amapolas ya no cantan.

Por eso, las abejas no las hallan

y las libélulas vuelan angustiadas,

desesperadas,

tratando de encontrar siquiera una.


Las amapolas se marchitan,

ya no bailan.

Las amapolas se esconden tras el olvido.


No obstante, un beso suave y húmedo

acaricia sus labios de grana: es el rocío,

quien les canta sobre la mañana.

Después del canto les sonríe

ya que tras el sol siempre llega la esperanza.

En el silencio

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Sé que llevo tiempo en el silencio,

instalada y sin decir una palabra.

Sé que me he sentado sobre el suelo,

a veces bañada de luna

y otras, de alborada.


Sé que el silencio es caprichoso:

cuando quiere te pinta las memorias de alegrías

o las cubre de melancólicos pesares.


Sé que llevo tiempo en el silencio

con los ojos cerrados;

con los ojos abiertos.

Sé que tengo el cuerpo entumecido,

con las manos juntas

y los dedos entrelazados.


Sé que prodría parecer solo un fantasma,

penando por pasillos y recámaras,

pero no lo soy.


Hoy soy solo un suspiro,

una exhalación o un respiro.

Hoy solo soy el viento que sabe a mar;

sentada con un caprichoso consentido

que a veces te quita

y a veces te da.


Sé que llevo tiempo instalada en el silencio,

sentada en el suelo con los ojos abiertos,

con los ojos cerrados.

Sé que hace tiempo no te regalo

el calor de mis manos.

Pero, hoy para ti

seré más que un respiro

y tú para mí

serás un dulce suspiro.

 

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Photo by Sindre Strøm from Pexels

Esa locura llamada primavera

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¡Ya llegó! ¡Wepa! Al fin llegó la primavera. No solo de nombre o porque lo dice el calendario. Los días ya son más largos y calientes; se escuchan las aves; las flores comienzan a despertar. En fin, que todo se va transformando en una explosión de color y melodía. ¡Esa hermosa locura! Jamás pensé que la primavera fuera capaz de contagiar a uno con su alegría pueril y desenfadada. Me ha contagiado tanto que quisiera meterla dentro de mi casa. Quiero comprar flores, tiestos, tierra, plantas y colocarlas en la sala, la cocina y los cuartos. Jum… Pero mejor desisto de la idea de encerrar la primavera en la casa porque capaz es que se me olvida echarle agua a las plantas y en vez de un invernadero termino teniendo un cementerio. ¡Ay, ay, ay!

La primavera tiene sus encantos, pero también tiene sus sorpresas. Sales de tu casa con camisa de manga corta, disfrutando de un sabroso clima de 68 grados Farenheit, entras al supermercado hacer compras y cuando sales ¡bum! te encuentras con unos traviesos 55 grados. (Bueno, quizás exagero un poco). Entonces, la camisa de manga corta no es suficiente y le ruegas a Dios camino al carro que no se te haya olvidado el abrigo en la casa.

Igual me gusta la primavera. Ella representa la esperanza de todo lo bueno. Después de los inviernos de la vida, por helados que estos sean, la primavera llegará con su concierto de sonidos, colores, proyectos, planes y expectativas. Es posible que tu invierno se haya llevado algunos sueños, algún proyecto, algún ser querido. Mas que no caiga la fe, que no caiga la esperanza. Otro día ha llegado; otra temporada con nuevos sueños, planes y gente que necesita de ti. ¡Levántate! ¡Sigue adelante! Mete la esperanza a tu casa. ¡Ya llegó esa locura llamada primavera!

Hoy creo

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Creo que voy a cantarle otra vez a la luz y a la mañana.

Creo que voy a cantarle al calor, al sol y a la alborada.

Creo que le cantaré a la primavera, al otoño y al estío.

Creo que le cantaré a las flores, a los montes y a los ríos.


Creo que uniré mi voz a todos los trinos

-los que son, los que serán y los que se han ido-.

Creo que abriré los ojos de todos los dormidos,

aquellos que hibernaron sin decirlo.


Creo que me negaré a conformarme

con este invierno terco e impertinente

que se niega abandonar mi sino;

que me niega mi destino y mi suerte.

Creo que me convertiré en pura lava

y derretiré la roca que me esconde.

Creo que hoy mismo se acabará el invierno.

Seré luz, calor y sol en mi alborada.

El fuego de Izanami​ ©

Japón al atardecer

La desesperación parecía casi alcanzarla. Sabía que, si la atrapaba con el niño la mataría, sin ningún tipo de contemplación, ni aunque fuera su hija e intentara salvar la vida de su propio hermano. Su padre había pronunciado ya su sentencia sobre el recién nacido y había decidido, en su furia, despedazar al infante. Y todo por haber matado a su amada esposa en el parto, como si el niño de fuego hubiera tenido la intención malsana de matar a su madre mientras salía de su cuerpo. “¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al monstruo! ¡Muerte al que que asesinó a su madre!”, gritaba Izanagi levantando hasta los cielos su mentira. Fue entonces que ella decidió salvar la vida del niño-fuego. Por eso corría aun cuando la desesperación parecía casi alcanzarla.

Shinatobe, el kami del viento, corría por entre los árboles de la divina isla de Onogoro tratando de ocultar a Kagutsushi. A cada lado, los koma-inu corrían con ella para protegerla. Del tamaño de un caballo, lo gigantescos perros mostraban sus dientes y gruñían mientras corrían para intimidar a todo el que pretendiera acercarse. Todos los koma-inu del Ohoyashima juraron en secreto a Izanami proteger del silencio y de la muerte el fuego de sus entrañas, condena que los dioses del Takamagahara habían decretado sobre ella. El kami del bosque le susurró al viento desde las hojas que se detuviera: ya se había internado en lo más profundo y no podría ocultar al niño allí por mucho tiempo. La bella kami del viento, sostuvo al recién nacido con una mano mientras con la otra realizaba un mamori, un conjuro, hacia los cuatro puntos cardinales. “Fuji, kami del volcán; Raijin, kami del trueno, ayúdenme a ocultar a nuestro hermano de la espada de nuestro padre”. Tembló la tierra y el cielo retumbó por primera vez  con la voz del trueno. Allí, ocultos entre los árboles y custodiados por los koma-inu, se reunieron el bosque, el volcán y el trueno convocados por el viento. “Es necesario sacar al niño de la tierra”, dijo Shinatobe. “Yo me lo llevaré, alimentaré y lo haré dormir oculto en mis entrañas”, propuso Fuji. “Yo le buscaré una vía segura y un nuevo hogar en el cielo”, aseguró Raijin. El viento puso en las manos del volcán al niño-fuego y este lo ocultó con su ropaje. Uno de los koma-inu se fue con ellos mientras al otro se le asignó la tarea de vigilar a Izanagi.

La bella kami del viento se paseaba por la divina isla esperando por las noticias del koma-inu. Estas no tardaron en llegar: Izanagi estaba iracundo, no encontraba al fuego que había parido su mujer. Ahora que Izanami se encontraba en las tierras lúgubres del Yomi, Izanagi comenzó la más fiera y terrible cacería. El augusto hombre abandonó el palacio de Yahirodono con un ejército de kamis y demonios fieles a él. Muchos otros kamis fueron despedazados a causa de su ira. La espada estaba hambrienta de muerte y de castigo. Los kamis más antiguos no aprobaban la muerte de sus hermanos y hermanas. Amaterasu, la kami del sol, se cubría el rostro con los infinitos cabellos negros mientras se repetía una y otra vez que esa masacre sin sentido tenía que acabar. Entonces, Shinatobe se desplazó por las planicies, por encima de los ríos y los lagos hasta llegar a las faldas del volcán. “Kami del volcán, ha llegado la hora de mover al niño de fuego; kami del trueno, danos un camino seguro para ocultar al niño en el cielo”. Con sus manos levantadas, la bella kami del viento invocaba a sus hermanos mientras todo a su alrededor se agitaba con el efecto de su presencia. Desde las entrañas, un gran rugido conmovió la tierra: del volcan salió humo negro y cenizas. Fuji corrió ladera abajo con Kagutsushi en brazos. Raijin se les unió. Inesperadamente, el koma-inu destinado a vigilar a Izanagi apareció a lo lejos, corriendo hacia ellos. Rápidamente, la kami del viento voló a su encuentro y este le indicó que Izanagi venía de camino; que sospechaba que ellos habían ocultado al niño. Shinatobe regresó a sus hermanos y les comunicó la noticia. Raijin tomó al niño y se elevó hasta el cielo: sabía dónde le ocultaría. El volcán le dijo al viento: “Nuestro hermano necesita tiempo”. El viento movió sus brazos danzando entre conjuros. El humo y las cenizas del volcán cubrieron la tierra provocando tal oscuridad que Izanagi perdió el rastro. Pero ella sabía que esa distracción no duraría mucho. “Koma-inu, avisa a tus iguales. Necesitamos una línea de resistencia entre mi padre y el cielo. Tenemos que darle tiempo al trueno para que oculte al niño-fuego”. El gran perro asintió con la cabeza y corrió.

La oscuridad que había sobre la tierra no le permitía a Izanagi avanzar. Así que, tomó la Amenonuhoko, la lanza de los cielos, y comenzó a moverla en círculos sobre su cabeza. Un torbellino de proporciones monumentales hizo su aparición y comenzó a moverse sobre la tierra sagrada de Onogoro limpiando los aires del humo y la ceniza. A estas alturas, Izanagi tenía claro que sus hijos Fuji y Shinatobe protegían a Kagutsushi. Y conociendo a Shinatobe, sabía lo que haría: sacar al niño fuera de sus dominios. Entonces, dirigió su ejército al Amenoukihashi donde esperaba encontrar a sus hijos o a sus alidos. Una vez allí, vio a miles de koma-inu resguardando la entrada del puente flotante que une la tierra con el cielo. Miró los ojos de aquellas bestias que gruñían amenazantes y vio en ellos la misma llama que había descubierto en los ojos de su esposa. En ese momento tuvo la certeza que los koma-inu morirían por el fuego de Izanami. 

Al grito de “ataquen”, ambas fuerzas corrieron al encuentro, chocando como dos gigantes en una batalla apocalíptica. Muchos kamis y demonios habían sucumbido al feroz ataque de las bestias, y cientos de bestias habían muerto despedazadas o atravesadas por la espada de Izanagi. En el momento más crudo de la batalla, el augusto hombre logró se percató de que alguien bajaba por el puente: era su hijo Raijin.

-¡Raijin! ¡Hijo traidor! ¿Te has aliado con Shinatobe y Fuji para salvar al matricida? ¿Te has unido a ellos para contradecir mi decreto? ¡Cómo te atreves a atentar contra tu padre!

-Mi señor padre, jamás atentaría contra usted ni contra mi madre.

-¿Dónde está Kagutsushi? Contesta o derramaré mi ira sobre ti.

-Yo no lo tengo, padre.

En ese momento, otro figura descendía por el puente. La divina Amaterasu caminaba con sus resplandecientes pies descalzos por el puente. Ella, quien antes era solo luz, se había transformado en una gran llama.  Sus largos y negros cabellos, ahora eran extensas flamas que amenazaban con consumirlo todo.

-¿Qué has hecho, Amaterasu?

-Terminar con esta matanza, padre.

-¿Cómo has podido?

-Él también es mi hermano, hijo de mi madre.

-Entrégame al niño-fuego, Amaterasu, o sufrirás por tu traición.

-Aplaca tu ira, padre. Yo he devorado a Kagutsushi. Tu venganza ya es innecesaria.

Con el ceño fruncido, Izanagi observó detenidamente a su hija. Sabía que decía la verdad porque las llamas que salían de ella le pertenecían a Kagutsushi. El niño fue devorado; ya no había nada más que buscar. Izanagi llamó a sus tropas y les dio la orden de retirada. La divina Amaterasu comenzó su ascenso al cielo seguida de Raijin. Sus cabellos de fuego se extendían hasta la inmensidad, iluminando más allá de las tierras del Ohoyashima. Izanagi regresó en silencio a Yahirodono. Se había dado cuenta de que ni los encumbrados dioses ni él lograrían jamás apagar el fuego de Izanami.